La bomba “anyway”.

Ideas principales y comentario crítico al Cap. 18 “Del rompecabezas del Uranio a Hiroshima” del libro Quantum Generations de Helge Kragh (1999).

 

 

Por Carlos Calderón. Trabajo presentado para la Cátedra “Física del S.XX”, dictada por el Prof. Xavier Roquè y el Prof. Alexei Kojevnikov, perteneciente al Doctorado Inter-universitario de “Historia de las Ciencias”. Universidad de Barcelona / Universidad Autónoma de Barcelona. Julio 2004.

 

 

 

Cuando leemos sobre la concepción, construcción y lanzamiento de las bombas atómicas de 1945 siempre flota entre líneas – y a veces abiertamente -la inquisitoria interrogante: ¿Era todo esto inevitable? Estas preguntas hipotéticas son siempre incómodas para un historiador pero no por ello dejan de hacerse - sea por razones metodológicas o por su capacidad seductora -, y mucho más cuando los eventos a describir están tan cargados de significación que desbordan el espectro científico para obtener su significación real, al decir de Kragh, en lo militar y, en especial,  lo político. La Física del S.XX pasó, en apenas treinta años de una posición muy modesta durante la 1ra. Guerra Mundial a mostrar, públicamente, que podía ganar guerras y cambiar el curso de la historia.

 

Cuando hablamos de “lo inevitable” nos referimos a que a lo largo del ensayo de Kragh nada parece detener el curso de la decisión de arrojar la “criatura”. La bomba sería lanzada “anyway” y el historiador parece ser pasto de los acontecimientos e incapaz de reflexionar ante ellos. Tres frases lapidarias lo confirman: “Estaba diseñada para eso… y lo único importante es que la decisión fue tomada… Si hubo sabiduría en ello no es lo importante.” (Kragh, 1999, 270). El final parecía ya estar escrito y desde los primeros compases de este contrapunto ya resonaba el gran final. Veamos los argumentos uno a uno atentos a que el primer paso en esta narración consiste en convencerse de la existencia de una fuente de energía en el átomo tal y como los Curie habían evidenciado con sus investigaciones sobre la radiactividad. Sin embargo, a diferencia de aquel resplandor espontáneo y sostenido a lo largo del tiempo, era posible, a través del bombardeo de núcleos de uranio, liberar ex profeso y violentamente, aquella energía. 

 

El camino hacia la fisión.

Desde los primeros anuncios de 1934 por parte de Fermi, los subproductos del bombardeo a núcleos de uranio se convirtieron en un verdadero quebradero de cabeza tanto para los Joliot-Curie como para  Hahn y Meitner. Las piezas podían ser tanto elementos transuránicos, isótopos o isómeros del uranio. Finalmente, el rompecabezas encajó cuando en diciembre de 1938,  Meitner y Frisch concluyeron que sucedía, efectivamente, una “fisión” y que el núcleo original de uranio se dividía en dos núcleos de aproximadamente el mismo tamaño que se repelían con gran energía cinética. Era algo violento, primera condición para un arma.

 

El camino hacia la declaración. Aunque Rutherford lo considerara una quimera, en el transcurso de tan solo nueve meses, Bohr y Wheeler declararon, abiertamente, que era comprensible y posible generar una reacción en cadena – fenómeno ya imaginado por Szilard en 1934 -  que conllevara a una “máquina atómica”. Ese mismo día, 1 de septiembre de 1939, los alemanes pusieron su maquinaria bélica a funcionar e iniciaron la 2da. Guerra Mundial; apenas unos meses antes Szilard pedía guardar en secreto estas investigaciones. Casi a la par, Einstein enviaba su célebre carta a Roosevelt, los alemanes preveían el poder militar del uranio y los rusos, ante estas noticias, reaccionaban con cautela, entusiasmo e investigación.(Kojevnikov, en preparación, Cap.6, 132). En conclusión, para el inicio de la guerra ya la idea tenía sus pies sobre la tierra.

 

El camino a la bomba. “Gigante” y “extremadamente costoso” son los adjetivos con que los ingleses calificaron su primer intento serio, en marzo de 1940, para construir una “superbomba”. En el verano de 1941 – mientras la información se filtra hacia Moscú – se hizo evidente la necesidad de ampliar la colaboración entre los aliados para lograr el proyecto. Si bien antes de Pearl Harbour ya los Estados Unidos habían avanzado teóricamente en la idea de una “superbomba” la entrada en la guerra impulsará al proyecto. La inmensa inversión de dinero, la escala y la complejidad en organización la proveerán los Estados Unidos. Y junto a esto hacen presencia también las advertencias políticas y éticas del uso de este tipo de armas. Kragh señala que estas actitudes serán rechazadas por no gozar de simpatía para con los líderes militares y en especial por dos posiciones que llamaremos, respectivamente, la actitud ética y la estética:

 

a) Muchos científicos no veían objeciones morales en la construcción de la bomba pues estaba justificada frente a la posibilidad de que Hitler pudiera obtenerla primero.

 

b) Muchos científicos estaban intrigados y fascinados con el problema tanto científico como de ingeniería. La bomba habría de hacer lo que estaba diseñado que hiciera.

 

El camino a la muerte. El proyecto de investigación más costoso de la historia finalmente llegó a su meta. “Anyway”, las bombas fueron lanzadas y Kragh en un pequeño cuadro nos expone las estadísticas y consecuencias al respecto, para luego concluir que, simultáneamente, con el desarrollo de la bomba y la muerte de las dos ciudades japonesas vino aparejado el surgimiento de la ciencia militar y el hundimiento de la ciencia pura. Sin embargo, si bien en medio de los escombros de la ciencia pura podemos hallar algunos sobrevivientes (Dirac, Bohr, Tomonaga), de la destrucción de Hiroshima y Nagasaki solo surge una conclusión: fue un acto político.

 

De esta ruta hacia la muerte parecía difícil escapar y a ello agreguemos que es muy significativo que no se realizara test alguno para la bomba de uranio, pues su funcionamiento estaba asegurado; lo que nos hace más fácil afirmar que la decisión de su construcción y utilización ya estaba tomada. Si acaso, sólo cabe decir:

 
“It seems almost inevitable…[t]he only true decision that could have been made would have been  not to use the bomb” (Badash, Cap.3, 61)

 

 

Comentarios críticos.

 

Si preguntamos de nuevo: ¿Era esto inevitable?, o más bien, ¿Por qué la física del S.XX fue así y no de otra manera? Kragh nos responderá en la conclusión de su libro, con un sorpresivo cántico al progreso, “whatever the meaning of the term” (Kragh, 1999, 444).

 

Para Kragh este progreso se muestra de tres maneras:

 

a)      El modo “extensivo”: el conocimiento, a partir de nuevos datos, más precisos, y nuevos instrumentos, se extiende en áreas ya abiertas a la investigación.

b)      El modo “abrir nuevas ventanas”: el descubrimiento de nuevos fenómenos cualitativos nos permite continuar revelando los secretos de la naturaleza.

c)      El modo “teorético”: al introducir nuevos esquemas o principios se reorganizan y cobran nuevo sentido los conocimientos ya conocidos.

 

Si sometiéramos la bomba atómica a este canon de progreso observaríamos que al respecto del punto a) el conocimiento que aportó su lanzamiento no se extendió al área de la investigación científica sino al área de las decisiones militares y políticas. Como fuente de datos, su poder energético no pudo ser calculado con precisión y como instrumento de medición se mostró como el más torpe de todos: midiendo la devastación y la muerte. Al respecto del punto b) la utilización de la bomba no nos reveló nuevos secretos de la naturaleza que ya la Pila de Fermi no nos hubiera revelado y, si acaso, lo que hizo fue revelar – ¡por fin! -  una nueva – y de seguro enclaustrada - actitud ética de la ciencia y los científicos. Y finalmente al respecto de c) lo que reorganizó no fue nuestro conocimiento científico sino, la manera de enfrentar la investigación científica: la denominada “Big Science”; donde las grandes cantidades de dinero, la organización eficiente y el espíritu de trabajo en conjunto garantizan el éxito de las grandes investigaciones. Visto así, y signifique lo que signifique el término “progreso”, este se verificó, mucho más marcadamente, en ámbitos – si es que queremos llamarlos – no científicos: el mundo militar y político, la moral y la ética y, finalmente, en las políticas y estrategias de inversión en ciencia.

 

Por última vez…, ¿era, entonces, inevitable? Todo parece indicar que si. De las recientes conferencias dictadas por el Prof. Alexei Kojevnikov para la Cátedra al cual se adscribe este trabajo, podemos extraer y agregar a este cuadro de “inevitabilidad” una de sus siempre sorpresivas conclusiones: los científicos tarde o temprano, hubieran llegado a construir la bomba, sea basados en el dinero que obtuvieran para ello como en la precaria organización que pudieran estructurar. La diferencia cualitativa está en un personaje, al cual Kragh tan sólo le dedica ¡una línea!: Leslie Groves. Su experiencia, su capacidad organizativa, su liderazgo gerencial, y, lo más importante, su habilidad para manejar a los científicos, fue el verdadero catalizador de la bomba. Pero este estudio, está por escribirse.[1]

 

 

 

Carlos Calderón.

Tárrega. Cataluña. Julio 2004.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

REFERENCIA BIBLIOGRAFICAS

KRAGH, Helge (1999). Quantum Generations. A history of Physics in the Twentieth Century.

            Princeton: Princeton University Press.

 

BADASH, Lawrence (1998). Scientist and the Development of Nuclear Weapons. From Fission to the limited Test Ban Treaty. 1929-1963. (New Jersey: Humanities Press).

 

KOJEVNIKOV, Alexei (En preparación) Stalin´s Great Science.

________, 2004. Ciclo de charlas dictadas en el CEHIC, Universidad Autónoma de Barcelona. Junio 2004.

 

 



[1] Al preguntarle al Prof. Kojevnikov acerca de la literatura sobre Groves nos respondió: “There is a big  biography, but very boring”.  Investiguemos, pues.